El último hombre de Masada

CARTA DESDE TEL AVIV (ISRAEL)

Javier García de Viedma

Masada es una mole gigantesca, una montaña truncada que alberga en su cima una enorme meseta donde Herodes el Grande hizo construir una fortaleza y un  palacio de invierno en el que sus huéspedes podían disfrutar de unas impresionantes vistas. Situada en la desértica depresión del río Jordán, el punto más bajo del planeta, a 400 metros bajo el nivel del mar, está flanqueada de montañas de formas caprichosas, producto de la erosión. Frente a ella, el célebre Mar Muerto, de un azul casi irreal, cuyas aguas son tan saladas que impiden cualquier forma de vida y hacen flotar de modo inverosímil a los turistas embadurnados con sus barros salutíferos.

Aquí sucedió algo extraordinario en el año 73 de nuestra era. Jerusalén acababa de ser destruida tres años antes, tras las revueltas judías que habían comenzado tiempo atrás, dando así comienzo a una de las grandes tragedias del pueblo judío, que tanto ha marcado su carácter y su historia: la diáspora. Un grupo de sicarios, el sector más violento de los zelotes (una secta integrista judía) se apoderó de la fortaleza, quizá con la esperanza de que volviese a prender la rebelión y recuperar Jerusalén.

Roma no podía tolerar el desafío y desplegó su poder: 15.000 hombres pertenecientes a la Xª Legión, al mando del gobernador de Judea, Lucio Flavio Silva, sitiaron la fortaleza natural con un muro de 3 kilómetros y 8 campamentos. Dentro, unos 900 judíos, entre los que había mujeres y niños, se prepararon para resistir, gracias a una magnífica red canales y aljibes recolectores de lluvia y grandes almacenes de comida. La montaña parecía inexpugnable, pues solamente se podía acceder a ella por un sinuoso y estrecho camino horadado en la pared, el “camino de la serpiente”, imposible para un asalto.  

Ante esta situación, los romanos optaron por una solución portentosa: construirían una monumental rampa. Utilizando miles de toneladas de piedra y tierra, alzaron, en tan solo 3 meses, un terraplén de más de 100 metros de altura que coronaron con una torre de asedio de 30 metros, provista de un ariete con el que derribaron la primera muralla, pero no la segunda, hecha de madera y piedras, así que lanzaron antorchas y la incendiaron, abriendo la brecha por la que acometerían el asalto.

En el interior, los sitiados comprendieron que su final llegaría al amanecer y tomaron una decisión drástica: se matarían antes de ser capturados. Como el judaísmo prohíbe el suicidio, cada hombre asesinó a su familia y entre los sobrevivientes eligieron a diez sicarios para que hicieran de verdugos de los demás. Finalmente, echaron a suertes cuál sería el que matase a los nueve restantes, siendo este último el único que tendría que quitarse la vida. 

Vista aérea de Masada. A la derecha, la rampa construida por los romanos

Al entrar los soldados romanos, encontraron un paisaje desolador de cadáveres y silencio. Las construcciones habían sido quemadas por los sitiados, excepto los almacenes de comida, con abundantes víveres aún tras 7 meses de asedio, a fin de dar testimonio de que no se habían inmolado por necesidad, sino para no ser conquistados y esclavizados. 

Con este episodio terminaba definitivamente la primera guerra judeo-romana y se perdía toda esperanza de recuperar Jerusalén para los judíos. El último hombre de Masada no podía imaginar que quedaban aún 1.875 años para que su pueblo regresara a la Tierra Prometida.

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