‘La seño’

CARTA DESDE TEL AVIV (ISRAEL)

Javier García de Viedma

Todas la profesiones son nobles, pero hay algunas que por su dedicación y entrega a los demás están entre las más insignes. La enseñanza es una de ellas. Dicen que hay crisis en la educación y probablemente tienen razón. También dicen que a los chicos de hoy les falta disciplina y supongo que también hay algo de eso.

Sin embargo, la herramienta fundamental para educar no es la disciplina, sino el amor. Educar requiere todas las cualidades del amor: paciencia, entrega, comprensión, tolerancia, bondad. Educar es enseñar a conocer y el conocimiento lleva necesariamente al amor. En realidad, la verdadera educación no es solamente transmitir muchos datos, o lo que es lo mismo, abundante información a un alumno, sino que debe ir acompañada de formación, es decir, de principios. Por eso, cuando decimos que una persona es educada, no solo nos referimos a su grado de instrucción, sino a que sabe cómo tratar a los demás. Porque ser educado es ponerse en lugar del otro, comprenderle, cuidarle y poner por delante sus necesidades frente a las propias. La educación es una forma de amor.

Todas estas cosas las he aprendido de varias personas y una de ellas es la Seño. Se llama Maruja Fernández, aunque eso lo descubrimos mucho tiempo después. Para sus alumnos siempre fue –y sigue siendo- “la Seño”. Así, con mayúsculas. Ella ha dedicado una vida entera a la enseñanza. Cuando habla de ello, afirma con naturalidad que ha entregado la vida “a sus niños”. Eso da una idea de cómo entiende la Seño la enseñanza. Precisamente a eso me refería cuando hablaba de educar con amor.

Uno de esos niños soy yo. A ella le debo mis primeras letras y mis incipientes números. En la escuelita de Isla Pinto y después en la que lleva su nombre, uno detrás de otro, los niños de la Base íbamos saliendo de la ignorancia y aprendiendo los rudimentos del conocimiento para entrar en el colegio. Aún recuerdo algunas cosas de aquella escuelita de Isla Pinto: las libretas de caligrafía, que ella cuidaba tanto, insistiendo en la importancia de una escritura clara y sin faltas de ortografía; las primeras sumas en un ábaco con bolitas de madera; y una televisión en blanco y negro retransmitiendo en directo la llegada del primer hombre a la luna. Y por encima de todo, su voz femenina y a veces quebrada por algún gallo. Inolvidable, firme y a la vez entrañable. Voz de maestra.

Hoy es su cumpleaños. Va a presentar un libro en la residencia de Oficiales de la Base en el que cuenta la historia de la escuelita, su escuelita, y contiene abundantes fotografías de sus alumnos. Me ha invitado a ir, pero no voy a poder estar, como me gustaría. Al menos, quería rendirle este pequeño homenaje. Se lo debía, como se lo debemos tantos niños de la Base.

El libro es la historia de su vida, la vida de una maestra que enseñaba con amor. Está a la venta y los beneficios van a ir a parar a una obra buena. Y es que, a pesar de los años, la Seño sigue educándonos y con su ejemplo nos enseña a ser mejores.

¡ Felicidades, Seño !

Tel Aviv, 4 de mayo de 2011

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