Un mundo mejor

CARTA DESDE TEL AVIV (ISRAEL)

Javier García de Viedma

Israel es un país pequeño (del tamaño de la Comunidad Valenciana), aislado (no mantiene relaciones de ningún tipo con la mayoría de los países del área) y con muy pocos recursos, pues aunque recientemente se han descubierto unos yacimientos de gas de gran volumen frente a su costa, apenas dispone de petróleo. El agua también escasea enormemente. Abunda, sin embargo, el sol, que luce durante gran cantidad de días al año.

Quizá por todo ello, el país se ha visto obligado utilizar con cuentagotas los recursos disponibles y a ingeniárselas para aprovechar al máximo lo poco que tiene. Así, prácticamente todos los jardines públicos y privados, las zonas ajardinadas de las autopistas y carreteras, que son muchas y gran parte de los bosques y de la producción agrícola del país se mantienen por medio de riego por goteo, un sistema conocido desde hace siglos, pero reinventado en su versión moderna por israelíes. El país entero está atravesado por conductos plásticos de color negro o marrón que permiten regar muchísimas hectáreas con la poca agua disponible, en su mayoría procedente del mar y potabilizada por grandes plantas desalinizadoras.

También se han dictado medidas para reducir el consumo de agua y energía. Las que más llaman la atención son la prohibición de lavar automóviles con mangueras (se permite en plantas automáticas que reciclan el agua) o el que las cisternas de todos los retretes del país tengan dos botones, en función de la necesidad de agua a utilizar. También es obligatorio disponer de placas solares para calentar el agua en cada domicilio. Esto hace que los paisajes urbanos de las ciudades israelíes, vistos desde arriba, se caractericen por una multitud de depósitos de agua junto a los cuales siempre hay placas solares. Con ello se ahorra gran cantidad de energía eléctrica.

A pesar de lo que pudiera parecer, no puede afirmarse que Israel sea un país con mucha conciencia ecológica. En ese sentido, hay más preocupación en Europa, donde se recicla más y existe mayor inquietud por las emisiones de gases contaminantes. Pero los israelíes tienen necesidad, para ellos es un problema de supervivencia y como nos decían en el colegio, “intelectus apretatus discurren que rabian”.

El proyecto más revolucionario en el que se ha embarcado Israel en los últimos años es el desarrollo del coche eléctrico. No se trata de innovar en el desarrollo del vehículo, el primer coche eléctrico apareció nada menos que en los años 30 del siglo XIX y antes de que empezara el XX ya había coches eléctricos que alcanzaban los 100 kilómetros por hora. La cuestión es cómo hacer que el coche eléctrico sea competitivo y tenga autonomía suficiente para que compense al usuario frente al de gasolina o gasóleo.

La respuesta la tiene un joven llamado Shai Agassi y la empresa que ha creado para ello se llama Better Place (“un lugar mejor”, que, en el fondo, quiere decir “un mundo mejor”) . La idea de Agassi es relativamente sencilla y se basa en que una cosa es el vehículo y otra la electricidad que lo mueve, en este caso, la batería. Lo que Better Place propone es un sistema dual, en el que uno compra el automóvil sin batería y ésta la paga aparte como si fuera un plan de consumo de teléfono móvil. Es decir, por una cantidad fija al mes, el usuario dispone de la batería y de la cantidad de energía suficiente para que el vehículo recorra los kilómetros que incluye el plan contratado. Los dos problemas básicos con los que se enfrenta Agassi son la creación de la infraestructura necesaria para proporcionar suministro eléctrico y una red de estaciones de servicio que permita recambiar la batería cuando el recorrido sea superior a la autonomía del vehículo.

Israel es un país ideal para poner en marcha el experimento, no sólo por su reducida dimensión, sino también por su aislamiento (en la práctica, los israelíes apenas pueden salir por tierra del país), pero también por su voluntad estratégica para dejar de depender del petróleo (por razones no tanto medioambientales como de seguridad) y la gran cantidad de empresas de software que ayuden a desarrollar la compleja red informática que permita controlar el gasto, las recargas y el cambio de baterías de los coches. Dentro de poco estará a la venta el primer vehículo y el desafío es que Israel se convierta en el primer país no dependiente del petróleo para transporte terrestre.

Releo este artículo y pienso en que muchas de las condiciones de Israel se dan también en Menorca. ¿No se podría hacer en la isla algo parecido?

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