Archive for Julio, 2011

La triste muerte de Facundo Cabral

Sábado, Julio 16th, 2011

CARTA DESDE GUATEMALA

Javier Puig Saura

El pasado sábado 9 de junio murió asesinado a balazos en una avenida de la ciudad de Guatemala al cantautor argentino Facundo Cabral. El artista de 74 años, una celebridad en su país natal y en toda Iberoamérica, acababa de dar unos conciertos en el país. Se dirigía de madrugada en automóvil, acompañado del empresario que organizaba sus conciertos en Guatemala, al aeropuerto de La Aurora, para continuar su gira centroamericana de despedida, ya que tenía previsto retirarse de los escenarios. De repente, tres coches les cerraron el paso y abrieron fuego sin mediar palabra. Las autoridades creen que el ataque que se cobró la vida del cantante iba dirigido contra el empresario y mientras avanzan las investigaciones, se especula sobre un ajuste de cuentas o una extorsión.

La noticia como era de esperar ocupó de inmediato un lugar destacado en periódicos y televisiones de muchos países.

Sin embargo, visto desde Guatemala, siento que las noticias que se han publicado, relatando  la fatídica relación de los hechos, no reflejan, como diría Quim Monzó, la magnitud de la tragedia.

Se atribuye a Winston Churchill la frase “Las estadísticas son como un bikini, muestran datos interesantes pero esconden lo realmente importante”. En efecto, las estadísticas de Guatemala en materia de seguridad desvelan datos muy preocupantes. En este país mueren de manera violenta una media de 17 personas cada día. La tasa de homicidios es de 47 por cada 100.000 habitantes (en España es de 1,02). La mayoría de esas muertes se producen por arma de fuego. Existe un amplísimo mercado legal e ilegal de armas. Según la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), el 98% de los crímenes nunca son resueltos. (La CICIG es un ente único en el mundo, creado por las NNUU para poner coto a las acciones de los cuerpos y aparatos clandestinos de seguridad y luchar contra la impunidad en Guatemala). Estos datos, y otros relacionados, sobre el tráfico de drogas, armas y personas, hacen que Guatemala junto a Honduras y El Salvador –el denominado Triángulo Norte de Centroamérica– sea considerado hoy como la zona sin conflicto armado más peligrosa del mundo.

Las causas que han permitido llegar a estas cifras aterradoras son múltiples: una tremenda desigualdad social –sin duda heredada de la época colonial, pero a la que no se ha puesto remedio desde la independencia en 1821– que implica la exclusión de una gran parte de la población que vive en la pobreza y en la extrema pobreza, mientras una minoría privilegiada controla la economía y la política; la debilidad de unas instituciones públicas que apenas cuentan con recursos para hacer frente a sus obligaciones básicas; la herencia de un conflicto armado interno de más de treinta años, que causó decenas de miles de muertos y desplazados, mal cerrado por unos Acuerdos de Paz de 1996 que todavía no se han aplicado cabalmente; la proliferación de las maras o pandillas;  la desgraciada situación geográfica que les sitúa como paso obligado de la droga desde su origen en los Andes a su destino final en Estados Unidos; la creciente infiltración de los sanguinario cárteles mexicanos de la droga, que se desplazan, presionados por la guerra que les ha declarado el presidente Calderón, hacia el sur… Ninguna de estas  causas es suficiente, aunque todas son necesarias para entender la amplitud del fenómeno de la violencia en Guatemala y otros países de la región.

Ante la amplitud que venía adquiriendo el fenómeno, a finales del pasado mes de junio se convocó en Guatemala la “Conferencia Internacional de Apoyo a la Estrategia de Seguridad en Centroamérica”. Los países de la región, con el apoyo de la Comunidad Internacional (principalmente Estados Unidos, México, Colombia y España) acordaron una serie de prioridades y proyectos concretos para hacer frente, desde una perspectiva regional, a un fenómeno –el de la inseguridad y violencia– que ha rebasado las capacidades nacionales de los Estados de la zona.  Se avanzaron contribuciones para la realización de los proyectos por unos 2.000 millones de dólares, entre aportaciones reembolsables y no reembolsables. Este esfuerzo ha sido saludado como un primer paso necesario para garantizar la estabilidad y la paz en la región.

Sin embargo, todos estos datos nos aportan únicamente una perspectiva “macro”, la de política, la de las grandes cifras y las  frías estadísticas. Lo que se ocultan detrás de éstas, lo que no desvelan en mi opinión, como decía el pícaro premier británico, es lo realmente importante: el sufrimiento individual –personal e intransferible– de los 14 millones de guatemaltecos que desvalidos salen cada día de sus casas con el temor a ser asaltados a punta de pistola, ser objeto de una extorsión, o encontrarse, por desventura, en medio de una balacera. Es raro encontrar a alguien que no haya sido objeto de un asalto armado. Y si afortunadamente no lo ha sido, le ha tocado a alguien de su entorno más inmediato. Y quien dice asalto dice extorsión, violación, desaparición o secuestro. Hoy en día en Guatemala, nadie –ni los más pudientes, o quizás ellos menos que nadie– está al abrigo de la violencia. Y lo peor es que nadie, a pesar de convivir a diario con ella, se llega nunca a acostumbrar del todo.

La triste muerte de Facundo Cabral, quien lamentablemente se encontraba como se suele decir, en el lugar y momento equivocados, ha vuelto a situar el nombre de este hermoso país en la crónica negra de la actualidad informativa internacional. En nuestras apacibles sociedades así como en la propia Guatemala, la muerte de Cabral mañana, pasado mañana o dentro de cuatro días ya no será noticia. Como tampoco lo serán las 17 personas que las estadísticas nos recuerdan –machaconamente y sin piedad– que mañana, pasado mañana y dentro de cuatro días serán asesinadas en “el país de eterna primavera”.

Dos neoiorquins a Sant Joan

Miércoles, Julio 13th, 2011

CARTA DES DE NOVA YORK (EEUU)

Salas Sánchez Bennasar

Una parella neoiorquina amiga meva va venir a fer Sant Joan a Menorca. Ell va créixer a Pittsburgh, però fa quinze anys que viu a Manhattan. Ella és de Manhattan, tant de Manhattan que, quan la vaig conèixer tres o quatre anys enrere, encara no havia anat mai al Bronx, el barri just al nord de Manhattan. Es curiós com a la ciutat més cosmopolita, no és difícil de trobar gent que no coneix més que el barri en el qual viu. No és que aquest sigui exactament el cas del meus amics, que han viatjat molt i, ara per ara, ja han anat al Bronx i vénen de visita a Brooklyn sovint…

Ell és d’una família protestant, blanca, americana de fa moltes generacions. Ella va néixer aquí, però els seus pares són jueus ucranians que van arribar a Nova York quan eren joves, fugint de la situació a la URSS. Els meus amics es van conèixer a la universitat – New York University- i, amb dinou anys, es van casar a l’Ajuntament, City Hall, en contra de les seves famílies. La gent a Estats Units, fins i tot a Nova York, es casa molt jove, als vint-i-pocs anys. Però dinou anys són pocs, fins i tot per a estàndards americans. Tot i així, ja fa deu anys que estan casats i encara duren, en contra de tota predicció raonable.

Aquest estiu l’estan passant a París. Ella aprofita totes les fonts disponibles a la Biblioteca Nacional francesa per avançar la seva tesi doctoral sobre Proust i la literatura francesa i anglesa de fa cent anys. Així que, des de París, van venir a veure cavalls a Menorca, aprofitant que jo estava a Menorca. Sempre se’m fa estrany dur gent de fora per les festes. Per a un estranger, això del jaleo és bastant radical i especialment, jo crec, per als americans, que tenen un país molt jove i poc expert en temes d’origen tan antic. Sempre que intento explicar les festes als meus amics americans i especialment quan els ensenyo fotos, tothom alça les celles: “Però –demanen- això no és perillós? No es fa mal la gent?” Jo contest: “No, no passa res, sempre hi ha una tenda de la Creu Roja darrera la plaça”. He de dir que la meva resposta no els acaba de tranquil·litzar. Però, de totes maneres, la majoria continua la conversa concloent que ha de ser un espectacle per veure i que els encantaria poder visitar Menorca i veure els cavalls ballant a la qualcada. L’altre aspecte que els sorprèn és que la festa es faci al carrer i que tothom hi participi. Aquí no es pot beure alcohol al carrer: ni “botellón”, ni una cervesa a la platja: res. Així que la idea de barres al mig del carrer, sobretot mentre gent de totes les edats passeja, els sembla una passada, en el bon sentit.

Diguem que l’èxit de l’experiència va ser dividit, i estic xerrant només de Sant Joan, que consti. L’espectacle els va impressionar. Van trobar els cavalls molt guapos… fins i tot en van tocar un parell quan estaven esperant a la plaça i no es movien. Van fer moltes fotos. Haguessin volgut fer més fotos dels cavalls botant, però tenien por d’apropar-se, i ara ensenyen una col·lecció de fotos de caps de gent on, a vegades, es veu un cap borrós de cavall en tercer o quart pla. També feien fotos de la gent de festa al voltant nostre: gent que s’abraçava, que es besava, gent que es queia per terra… Van ser espectadors curiosos de la festa, però no van acabar de participar ni entendre l’esperit de la festa. Quan tocaven un cavall, després es volien fer net les mans tot d’una. I no estaven molt convençuts de l’amor universal que es manifestava tothom: “Me toquen molt” es queixava ella. (I no és que l’alcessin per l’aire i l’intentessin treure la roba interior: simplement l’abraçaven per donar les bones festes). Fotos sí, però contacte, poc. I per part meva, vaig estar contenta de poder-los ensenyar una cosa així, però a la vegada vaig haver de fer la meva. Vaig intentar explicar-los que la suor dels cavalls no és bruta, que si la gent t’empeny i una cervesa te cau damunt tampoc passa res, que la gent t’abraça perquè estan contents, no perquè vulguin tocar-te. I després, els vaig deixar que fessin fotos mentre jo entrava a Santa Clara.

“Tú eregs de Menorgca, n’est-ce pas?”

Miércoles, Julio 13th, 2011

CARTA DES DE GUATEMALA

Javier Puig Saura

Las fronteras son siempre lugares especiales. Son hitos en el camino del viajero, que hay que atravesar. Muchas veces coinciden con accidentes geográficos evidentes, pero en no pocas ocasiones son meras convenciones, paralelos y meridanos invisibles. Cuando llego a una frontera, a un puesto fronterizo, especialmente en el tercer mundo, experimento una mezcla de tedio insuperable –por las colas infinitas que hay que soportar, los controles sucesivos que hay que sortear y los formularios reiterativos que hay que rellenar– y de nerviosa inquietud, ante la actitud excesivamente escrupulosa de un funcionario con el equipaje o un eventual problema con tal o cual documento. En definitiva, para el extranjero que uno es en la frontera siempre existe margen para la incertidumbre y la sorpresa.

Entre Guatemala y El Salvador existen al menos cinco puestos fronterizos principales. El que une la ciudad de Pedro de Alvarado en Guatemala con La Hachadura en El Salvador es el más cercano a la  costa del Océano Pacífico.

El calor en la costa puede llegar a ser agobiante. El sol quema y la ropa se te engancha, empapada, al cuerpo. En cuanto desciendes hacia el mar desde la capital –que está en el altiplano, a unos 1.500 metros de altitud–, las palmeras cocoteras sustituyen progresivamente a los abetos y pinos que cubren las cumbres perpetuamente nubladas de los volcanes que rodean la ciudad. Entonces  descubres que Guatemala también es un país tropical. En esta parte del país apenas viven indígenas mayas, mayoritarios en los departamentos del interior, y la población costeña, principalmente ladina, lleva como corresponde en el trópico una vida alegre y relajada.

El puesto fronterizo en La Hachadura se podría parecer a los que conocí en Europa antes de la entrada en vigor del acuerdo  Schengen: dos casetas de aduanas y de policía encaradas a cada lado de la línea divisoria imaginaria. Sin embargo, el ambiente aquí dista mucho del que se podía encontrar, por ejemplo, en La Junquera. Este lugar es mucho más caótico, destartalado y bullicioso. Los “conseguidores” corren de un lado a otro ayudando a camioneros y viajeros a sortear los trámites aduaneros, a cambio de unos pocos billetes. Hombres corpulentos de frondosos bigotes, con botas de montar y un machete al cinto, se resguardan del sol bajo un sombrero vaquero. En la ventanilla, les atiende, detrás de un no menos poblado bigote, un agente de aduanas sudoroso y circunspecto. Mujeres, de anchas caderas y pechos prominentes, que apenas disimulan bajo ajustados pantalones de licra y blusas de colores sin mangas, se pasean arriba y abajo, portando sobre sus cabezas, en equilibrio circense, canastos con frutas tropicales que anuncian repitiendo una letanía: hay papaya, hay piña, hay mango…  Hay niños, muchos niños, morenos, de pelo crespo cortado a cepillo que hacen de limpiabotas, venden chucherías o cambian a los viajeros billetes de quetzales por dólares y viceversa.

La cola para sellar el pasaporte parece que no avanza. Hay familias enteras, gente que vive en un lado y trabaja en el otro y muchos guatemaltecos que han aprovechado el puente para ir de fiesta a El Salvador. Mientras me abanico con el pasaporte para espantar a las moscas, le digo a Anna que es mejor que espere en el coche con los niños. En una esquina, recostado contra la pared aguarda un hombre de pelo largo y rizado, mitad pelirrojo, mitad canoso. Lleva barba y un pendiente. Viste un pantalón de algodón amplio color caqui y una camiseta sin mangas. De su cuello penden varios collares de cuero, con cuentas y abalorios. En la mano sostiene un taco de pasaportes que intuyo deben pertenecer a los viajeros altos y rubios que se protegen del calor en una furgoneta aparcada justo en frente con el aire acondicionado encendido.

Somos los únicos “turistas” y se nota. La gente del lugar nos mira de reojo, con curiosidad mal disimulada. El hombre pelirrojo también me observa. De frente, serio, como si dudara en dirigirse a mí. Quizás, pienso yo, el extranjero necesite ayuda, alguien que le eche una mano con el idioma en sus trámites. Finalmente, parece decidirse, se separa de la pared en la que continuaba recostado, se acerca sonriendo lentamente  y me dice con marcado acento francés:

“Tú eregs de Menorgca, n’est-ce pas?

No digo nada. Me ha pillado totalmente desprevenido.

Él insiste: – “De Menorgca, Balearges”.

Frunzo el ceño y lo estudio detenidamente. No lo reconozco. No, definitivamente, no sé quién es. En aquel lugar tan alejado de cualquier lado, tan exótico, su pregunta me ha dejado completamente desubicado.

Entonces, el hombre pelirrojo señala el suelo.

Siguiendo su dedo, bajo la mirada, me miro los pies… y sonrío al descubrir, cubiertas de polvo, mis viejas abarcas.

Anglofília

Sábado, Julio 9th, 2011

CARTA DES DE NEWCATSLE (ANGLATERRA)

Pau Obrador

De tots els pobles i exèrcits que han tirat àncores al port de Maó, l’imperi britànic és el que desperta més simpaties. L’anglofília dels menorquins i els seus gestors culturals és intensa. Ho hem pogut comprovar una vegada més amb els actes de celebració del 300 aniversari de la construcció de l’hospital de l’Illa del Rei on es va descobrir un bust dedicat a l’almirall John Jennings en presència d’un representat de l’ambaixada britànica a Espanya. La celebració -que no ha tingut cap mena ressò al Regne Unit- va ocupar la primera plana de la premsa local.

La dominació Britànica ocupa un lloc central als llibres d’història de Menorca. Tot i que són pocs els anglesos que ens visiten atrets pel nostre passat colonial, el mite de la Menorca britànica s’ha demostrat especialment útil per articular una identitat turística pròpia. Ens agrada la nostra història, tanmateix som incapaços d’apropiar-nos-la críticament. Evitam tot el que podem les preguntes difícils i compromeses, sobretot les que tenen a veure amb el colonialisme i la identitat nacional. Els elements més obscurs de la història no ens pertanyen. Ens quedem amb els romanços de Lord Nelson, el gin i tot una caterva d’edificis militars.

Les celebracions històriques haurien de servir per fer-nos preguntes sobre qui som i d’on venim; per interrogar-nos sobre quina mena d’història celebram i feim present. Ens imaginam la història com tot allò que té a veure amb el passat quan la història és part de l’ara i de l’aquí. La seva reconstrucció depèn de les preguntes que ens feim en el present. Si una cosa m’agrada del Regne Unit és precisament la seva capacitat d’interrogar-se sobre el passat, de fer-se preguntes difícils.  Menorca necessita d’aquesta crítica post-colonial britànica tan brillant com inoportuna.

El mite de la dominació britànica posa de manifest les múltiples connexions que conformen la identitat menorquina, unes connexions que sovint escapen la lògica nacional que caracteritza els discursos oficials. És per tant una història positiva que reconeix les múltiples corrents que s’entrellacen a la Mediterrània. Ara bé el nostre entusiasme per la dominació britànica s’oblida massa sovint del projecte colonial que justificà la dominació britànica i també la francesa i l’espanyola. Menorca va ser una baula més del projecte civilitzador britànic que situà Anglaterra com el paradigma de la modernitat, el progrés i la cultura. I és que el colonialisme no només és una empresa comercial, és també un projecte cultural que té per objectiu la submissió del món.

En lloc de desemmascarar el mite de la dominació britànica, interioritzam la lògica colonial que contraposa el progrés cultural i econòmic del nord amb l’exuberància oriental i el retard econòmic del sud. El mite de la Menorca britànica celebra la missió civilitzadora d’occident tot situant Menorca dins un espai culturalment superior, més racional i europeu. Un bon exemple d’això són les vistes del Port de Maó que pengen a les parets de les nostres cases, tota una declaració d’intencions que serveix per apropar-nos a Londres i allunyar-nos d’Alger. La comparació amb Eivissa és reveladora. Mentre que les Pitiüses es convertien als anys 60 en la primera etapa del moviment hippy en el seu camí cap a la Índia, Menorca es definia com a radicalment Europea.

En els darrers anys el mite de la dominació britànica ha pres un viratge que no m’agrada. Es destaquen  cada vegada més els aspectes militars de la nostra història alhora que s’amaga la vitalitat literària de la Menorca del segle XVIII, el període menorquí de la literatura catalana. Ara que ja gairebé no queden militars, es fan més esforços que mai per preservar una memòria militarista de la història de Menorca. És potser un recordatori de la violència que rau a l’origen de les nacions modernes, del fet que som qui som no per voluntat pròpia sinó per dret de conquesta.

Quan veig els homenatges a almiralls anglesos amb figurants vestits d’època no puc deixar de pensar que ens assemblem cada vegada més a Gibraltar.

El pueblo ha hablado en Tailandia

Sábado, Julio 9th, 2011

CARTA DESDE BANGKOK (TAILANDIA)


Francisco Caules Sintes

El Partido por Tailandia ha obtenido una espectacular victoria en las elecciones de este 3 de julio. Con 262 escaños sobre 500 tiene la mayoría absoluta para el Parlamento. En segundo lugar con 160 escaños el Partido Demócrata hasta hoy en el poder ha reconocido su derrota y felicitado a su rival.

Pero esto es Tailandia y a la encuesta del “Bangkok Post”: “¿Piensa Vd. que puede haber violencia por motivos políticos después de las elecciones?”, un 51 por ciento responde sí. En estas elecciones se enfrentaban dos maneras distintas de entender la democracia en la bipolaridad radical de la política thai.

Por un lado Yingluck Thaksin, su nombre significa en thai “ mujer afortunada”, 44 años, hermana menor del primer ministro depuesto en el golpe de Estado militar del 2006, novata en política como candidata del thaksinista Partido por Tailandia, ha arrollado en estas elecciones. En su campaña electoral ha propuesto una reconciliación nacional dejando de lado a las camisas rojas o amarillas por un futuro pacífico y democrático de Tailandia. El que por primera vez una mujer pretenda gobernar un país tan machista como Tailandia le habrá dado muchos votos femeninos. Su sonrisa, sus maneras suaves, su atractivo personal, ser novicia en política y, sin ninguna, duda su apellido, contrastan con una clase política corrupta, nepotista y anquilosada. Sorteando la posible amnistía para Thaksin ha ganado con los votos de las masas campesinas del norte y noreste pero también con muchos votos de la clase media de Bangkok.

Por otro lado, Abhisit, actual primer ministro, educado en Oxford, ha sido el candidato continuista del Partido Demócrata. Abhisit dijo a los electores “o nosotros o el caos”. El fantasma del regreso del depuesto Thaksin, si ganaba su hermana, y la vergonzosa ocupación por los “camisas rojas” del centro comercial de Bangkok en mayo del 2010 que solucionó a sangre y fuego, 90 muertos, fueron su mantra electoral. Acusando a Thaksin, sin pruebas, de conspirar contra la monarquía en un país donde el amor por su rey es sagrado, esperaba el voto popular. Así y todo no ha conseguido derrotar a la bisoña Yingluck.

Su partido es el del “establishment”, de las grandes fortunas, de los burócratas, de los monárquicos más reaccionarios, de las élites de Bangkok, de los generales que llevan ya 18 golpes de Estado desde que Tailandia es una monarquía constitucional. En una palabra, de la “amataya” que quiere mantener un peculiar sistema de castas. Los “camisas amarillas” en su versión popular ocuparon los aeropuertos de Bangkok impunemente con grave daño a la economía del país.

La libertad de expresión, cada vez más restringida aquí con la amenazante ley de lesa majestad nos impide hoy desvelar una importante entrevista mantenida en Munich entre dos actores de primera línea de la política de Tailandia. Esperamos dar la primicia desde un país neutral muy en breve.

La Comisión Electoral tiene 30 días para dar los resultados oficiales definitivos de estas elecciones. La incógnita es si las élites tradicionales aceptarán esta vez los votos de la mayoría, o si un posible, aunque improbable, golpe de Estado militar o judicial, que haría el número 19, hará retroceder al maravilloso país de las sonrisas a otra dictadura.