La triste muerte de Facundo Cabral

CARTA DESDE GUATEMALA

Javier Puig Saura

El pasado sábado 9 de junio murió asesinado a balazos en una avenida de la ciudad de Guatemala al cantautor argentino Facundo Cabral. El artista de 74 años, una celebridad en su país natal y en toda Iberoamérica, acababa de dar unos conciertos en el país. Se dirigía de madrugada en automóvil, acompañado del empresario que organizaba sus conciertos en Guatemala, al aeropuerto de La Aurora, para continuar su gira centroamericana de despedida, ya que tenía previsto retirarse de los escenarios. De repente, tres coches les cerraron el paso y abrieron fuego sin mediar palabra. Las autoridades creen que el ataque que se cobró la vida del cantante iba dirigido contra el empresario y mientras avanzan las investigaciones, se especula sobre un ajuste de cuentas o una extorsión.

La noticia como era de esperar ocupó de inmediato un lugar destacado en periódicos y televisiones de muchos países.

Sin embargo, visto desde Guatemala, siento que las noticias que se han publicado, relatando  la fatídica relación de los hechos, no reflejan, como diría Quim Monzó, la magnitud de la tragedia.

Se atribuye a Winston Churchill la frase “Las estadísticas son como un bikini, muestran datos interesantes pero esconden lo realmente importante”. En efecto, las estadísticas de Guatemala en materia de seguridad desvelan datos muy preocupantes. En este país mueren de manera violenta una media de 17 personas cada día. La tasa de homicidios es de 47 por cada 100.000 habitantes (en España es de 1,02). La mayoría de esas muertes se producen por arma de fuego. Existe un amplísimo mercado legal e ilegal de armas. Según la Comisión Internacional contra la Impunidad en Guatemala (CICIG), el 98% de los crímenes nunca son resueltos. (La CICIG es un ente único en el mundo, creado por las NNUU para poner coto a las acciones de los cuerpos y aparatos clandestinos de seguridad y luchar contra la impunidad en Guatemala). Estos datos, y otros relacionados, sobre el tráfico de drogas, armas y personas, hacen que Guatemala junto a Honduras y El Salvador –el denominado Triángulo Norte de Centroamérica– sea considerado hoy como la zona sin conflicto armado más peligrosa del mundo.

Las causas que han permitido llegar a estas cifras aterradoras son múltiples: una tremenda desigualdad social –sin duda heredada de la época colonial, pero a la que no se ha puesto remedio desde la independencia en 1821– que implica la exclusión de una gran parte de la población que vive en la pobreza y en la extrema pobreza, mientras una minoría privilegiada controla la economía y la política; la debilidad de unas instituciones públicas que apenas cuentan con recursos para hacer frente a sus obligaciones básicas; la herencia de un conflicto armado interno de más de treinta años, que causó decenas de miles de muertos y desplazados, mal cerrado por unos Acuerdos de Paz de 1996 que todavía no se han aplicado cabalmente; la proliferación de las maras o pandillas;  la desgraciada situación geográfica que les sitúa como paso obligado de la droga desde su origen en los Andes a su destino final en Estados Unidos; la creciente infiltración de los sanguinario cárteles mexicanos de la droga, que se desplazan, presionados por la guerra que les ha declarado el presidente Calderón, hacia el sur… Ninguna de estas  causas es suficiente, aunque todas son necesarias para entender la amplitud del fenómeno de la violencia en Guatemala y otros países de la región.

Ante la amplitud que venía adquiriendo el fenómeno, a finales del pasado mes de junio se convocó en Guatemala la “Conferencia Internacional de Apoyo a la Estrategia de Seguridad en Centroamérica”. Los países de la región, con el apoyo de la Comunidad Internacional (principalmente Estados Unidos, México, Colombia y España) acordaron una serie de prioridades y proyectos concretos para hacer frente, desde una perspectiva regional, a un fenómeno –el de la inseguridad y violencia– que ha rebasado las capacidades nacionales de los Estados de la zona.  Se avanzaron contribuciones para la realización de los proyectos por unos 2.000 millones de dólares, entre aportaciones reembolsables y no reembolsables. Este esfuerzo ha sido saludado como un primer paso necesario para garantizar la estabilidad y la paz en la región.

Sin embargo, todos estos datos nos aportan únicamente una perspectiva “macro”, la de política, la de las grandes cifras y las  frías estadísticas. Lo que se ocultan detrás de éstas, lo que no desvelan en mi opinión, como decía el pícaro premier británico, es lo realmente importante: el sufrimiento individual –personal e intransferible– de los 14 millones de guatemaltecos que desvalidos salen cada día de sus casas con el temor a ser asaltados a punta de pistola, ser objeto de una extorsión, o encontrarse, por desventura, en medio de una balacera. Es raro encontrar a alguien que no haya sido objeto de un asalto armado. Y si afortunadamente no lo ha sido, le ha tocado a alguien de su entorno más inmediato. Y quien dice asalto dice extorsión, violación, desaparición o secuestro. Hoy en día en Guatemala, nadie –ni los más pudientes, o quizás ellos menos que nadie– está al abrigo de la violencia. Y lo peor es que nadie, a pesar de convivir a diario con ella, se llega nunca a acostumbrar del todo.

La triste muerte de Facundo Cabral, quien lamentablemente se encontraba como se suele decir, en el lugar y momento equivocados, ha vuelto a situar el nombre de este hermoso país en la crónica negra de la actualidad informativa internacional. En nuestras apacibles sociedades así como en la propia Guatemala, la muerte de Cabral mañana, pasado mañana o dentro de cuatro días ya no será noticia. Como tampoco lo serán las 17 personas que las estadísticas nos recuerdan –machaconamente y sin piedad– que mañana, pasado mañana y dentro de cuatro días serán asesinadas en “el país de eterna primavera”.

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