El Bahaísmo

CARTA DES DE TEL AVIV (ISRAEL)

Javier García de Viedma

Israel es uno de los pocos Estados confesionales que hay en el mundo. El país no tiene una constitución, son las llamadas Leyes Básicas las que definen su naturaleza jurídica y política. Según estas, la religión judía es parte indisoluble del Estado, lo que afecta tanto a sus símbolos (la estrella de David, la Hanukká o candelabro de siete brazos) como a sus leyes civiles (matrimonio, divorcio, herencia) o a sus fiestas (el calendario oficial es el de la religión judía).

Sin embargo, eso no significa que todos los israelíes profesen la religión judía. Hay alrededor de un millón de árabes con nacionalidad israelí, en su mayoría musulmanes. Una buena parte de ellos son cristianos de muy diversas confesiones, pues hay católicos, protestantes, ortodoxos, melquitas, maronitas y hasta caldeos. Asimismo, hay drusos (considerados herejes por el Islam, aunque ellos se consideran musulmanes) y entre los trabajadores extranjeros no faltan los hinduistas y budistas.

De todas las religiones con presencia pública en el país, la que me parece más curiosa es el Bahaísmo. La fe Bahái es una creencia monoteísta que surge a mediados del siglo XIX en el seno del Islam, a partir de las enseñanzas del profeta persa Said Ali-Muhammad, al que llaman el “Baab” (en árabe, “puerta”). Por ello, sus primeros seguidores se conocieron con el nombre de “Babistas” y fueron perseguidos con dureza por las autoridades persas, que terminaron por encarcelarlo y fusilarlo en Tabriz. Antes de morir, el profeta dio en título de Bahaullah (en árabe “gloria de Dios”) a Mirzá Hussein Alí, quien también fue perseguido por las autoridades persas y otomanas y padeció sucesivos exilios hasta terminar recluido en San Juan de Acre, actual Israel, donde se encuentra su venerada tumba.

Bahaullah, que es quien dio nombre a la nueva religión, dejó gran cantidad de escritos más de cien volúmenes en árabe y farsi, en los que se resumen sus creencias. Su hijo Abdul Bahá le sucedió al frente de los creyentes, expandió la fe por todo el mundo y estableció las instituciones administrativas Baháis, empezando por la Guardianía (que interpreta y dirige) y la Casa Universal de la Justicia (labor legislativa).

El Centro Mundial de los Baháis está en Haifa, en el Monte Carmelo. Consiste en un gran templo coronado por una cúpula, rodeado por unos impresionantes jardines en terrazas descendentes y ascendentes, impecablemente cuidados. El Bahaísmo considera que los principales profetas y líderes religiosos de la humanidad (desde Moisés hasta Buda Gautama, Zoroastro, Krishna, Jesucristo o Mahoma) son expresión progresiva y continuada del Dios único. Por ello los baháis creen en la unidad de todas las religiones y anhelan un mundo en unión y armonía donde reine la paz, la pobreza sea erradicada, exista educación universal y desaparezcan las diferencias entre los seres humanos.

El Bahaísmo carece de clero y se gobierna por medio de unas asambleas espirituales locales de nueve miembros, que a su vez eligen a los representantes en las instituciones superiores. Su creencia se basa en la moderación, no consumen alcohol ni drogas, tienen prohibidos los juegos de azar y el tabaco está mal visto, aunque no prohibido. Consideran a la familia como parte integral de sus creencias y aunque prohíben las relaciones sexuales antes del matrimonio, fomentan los casamientos interraciales y entre miembros de diversas religiones. Los baháis no pueden participar en política partidista y no toleran la crueldad con los animales (la caza está permitida con limitaciones y solo si se invoca antes el nombre de Dios).

Tienen pocos rituales, en general similares a los del Islam, como el de rezar una vez al día en dirección al “punto de adoración”, la peregrinación al menos una ocasión en la vida a uno de los lugares santos del Bahaísmo o el ayuno del amanecer al anochecer durante el último mes del año Bahái. También rechazan cualquier tipo de misticismo.

Verdaderamente, esta tierra produce creencias. Lo difícil en Israel es no creer en nada.

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