Justos entre las naciones

CARTA DES DE TEL AVIV (ISRAEL)

Javier García de Viedma

En Israel apenas hay condecoraciones civiles. El Estado otorga pocas distinciones protocolarias que no sean militares. Es rarísimo que un extranjero reciba una medalla civil israelí. Tampoco es costumbre, como en otros países, condecorar a Jefes de Estado que visiten el país o a diplomáticos que hayan servido unos años aquí destinados. La única condecoración estrictamente civil que conozco es la medalla Jabotinsky y de las siete personas que la han recibido, solo una de ellos no es israelí ni judía, el reverendo fundamentalista evangélico Jerry L. Falwell.

Sin embargo, el Estado de Israel dispone de uno de los reconocimientos más hermosos y profundos que existen. Es el de Justo entre las Naciones. El título tiene origen religioso y es empleado entre los judíos para designar aquellos gentiles que han llevado una conducta moral acorde con los Siete Preceptos de las Naciones, es decir, las normas básicas que Dios entregó a Adán y fueron ratificadas posteriormente a Noé y después a Moisés en el Sinaí, por lo que son aplicables a toda la humanidad.
En su versión moderna, la Knesset, el Parlamento israelí, estableció dicho título en 1953 para designar a aquellos que, sin ser de ascendencia o confesión judías, ayudaron a salvar vidas de judíos durante las persecuciones nazis y así salvarlos de la Shoá. Desde 1963, es la fundación de Yad Vashem, que también gestiona el Museo del Holocausto, la que otorga el título.

En la actualidad existen casi 24.000 personas de 45 países, dignas de tal título. Hay naciones que cuentan con varios miles, especialmente aquellas en las que la persecución fue más dura, como Polonia o Ucrania. La mayoría son personas corrientes, a veces sorprendentes. Abundan los religiosos, cristianos, católicos y protestantes, pero también hay soldados, resistentes, empresarios y diplomáticos.

Entre ellos, hay cuatro españoles: Miguel Ángel de Muguiro, Ángel Sanz-Briz, Eduardo Propper de Callejón y José Santaella. Todos eran diplomáticos u ocupaban puestos en embajadas. Muguiro era encargado de negocios en Hungría y libró de los campos de concentración a 500 niños judíos.

Sanz-Briz le sucedió en el puesto, una vez que las autoridades húngaras y nazis pidieron el cese de Muguiro. Desde la Embajada de España en Budapest salvó la vida a más de 5.000 judíos dándoles pasaportes al amparo de una ley para sefardíes ya derogada.
Propper de Callejón era primer secretario de la Embajada de España en París cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. Dio visados a más de 30.000 judíos para que pudieran escapar de los nazis.

Santaella era un ingeniero agrónomo cordobés que fue Agregado de Agricultura en la Embajada de España en Berlín. Acogió y ocultó en su casa a siete judíos, en el corazón de la Alemania nazi, que de otro modo habrían muerto.

Todos ellos se enfrentaron a las autoridades ante las que estaban acreditados, pero además arriesgaron sus vidas y las de sus familias, forzaron las leyes para hacerlas humanas y engañaron sin recato para salvar a muchas personas. Escucharon a su conciencia antes que a su sentido común. Fueron un ejemplo para todos, empezando por los diplomáticos.

A veces, uno también siente orgullo por pertenecer al género humano y por comprobar que hay personas dispuestas a jugársela por ayudar a los demás. Personas justas, que son luz entre los pueblos.

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