El dominio de la aristocracia

CARTA DES DE OAK RIDGE, TENNESSEE (EEUU)

Benjamín A. Carreras

Hace unos días se cumplía el primer aniversario del movimiento 15-M. Tengo la suerte de que en mis visitas periódicas a Madrid vivo a dos pasos de la Puerta del Sol. Eso me ha permitido ser testigo del nacimiento y desarrollo de este movimiento. Yo aún no me siento indignado, pero sí frustrado y decepcionado con la política y los políticos. La ventaja de tener doble nacionalidad es que me permite estar frustrado y decepcionado en dos países simultáneamente.

El movimiento 15-M lleva a la memoria otro movimiento y otro Mayo, el del 68, que tuvo mucho impacto en mi generación. Eran otros tiempos. Como decía “La Codorniz”, en aquel tiempo un fresco general procedente de Galicia reinaba en toda España. Ahora es diferente, no es general el que reina.

¿Qué pasaría si hiciéramos un análisis del Estado español al estilo de Cicerón? Pidiendo disculpas a Don Marco Tulio por el atrevimiento, se puede intentar.

Aquel Mayo pasó. Como es típico de los que vivimos más en libros que en la realidad, el Mayo del 68 nos trajo un fuerte entusiasmo por la estética de la revolución, pero dejamos bastante a un lado la praxis necesaria para llevar a cabo ninguna revolución. A pesar de ello y con el tiempo, el cambio llegó a España y el país se incorporó a la larga lista de países democráticos.

Ahora casi todos los gobiernos se autodenominan democráticos. Desde el extremo oriental con la Rusia del Sr. Putin hasta el extremo sur con la Argentina de Doña Cristina, todos vivimos en estados democráticos. Pero ¿qué quiere decir eso?

Mirando atrás, Aristóteles clasificaba las formas de gobierno en monarquías, aristocracias, y democracias. Pero estas formas raramente se dan en estado puro. Cicerón en su análisis de la República romana mostró cómo esta era una combinación de las tres formas de gobierno y consideró que llegar a esa combinación equilibrada de monarquía, aristocracia y democracia era óptimo para el Estado.

¿Qué pasaría si hiciéramos un análisis del Estado español al estilo de Cicerón? Pidiendo disculpas a Don Marco Tulio por el atrevimiento, se puede intentar.

No hay duda de que en nuestro estado hay una componente democrática. Cada cuatro años, más o menos, votamos por una lista de nombres. Tenemos varias listas a elegir, pero solo un par realmente han contado en la práctica. Estas listas contienen muchos nombres y dudo si hay algún votante que no esté en la lista, o que no le hayan dejado entrar en ella, que conozca el cincuenta por ciento de esos nombres. Pero, en cualquier caso, ésta es la componente democrática de nuestro gobierno.

Es prácticamente imposible participar activamente en la política del país a menos que uno pertenezca a los grupos que fabrican las listas. Estos grupos controlan la mayor parte de los órganos de gobierno cuando son elegidos. Según las definiciones clásicas, podríamos denominar al conjunto de los que pertenecen a esos grupos, como una aristocracia, no de nacimiento, pero aristocracia al fin y al cabo.

Los individuos que encabezan estos grupos son quienes fabrican esas listas y quienes ostentan el poder cuando su lista gana. Para los miembros de las listas que votamos su lealtad está con quien los ha puesto en la lista, no con los votantes. Por tanto, quien controla la lista y tiene el poder cuando el grupo gana las elecciones es el monarca de facto. Como era el caso de los cónsules en Roma, ellos constituyen la componente monárquica del gobierno.

Como en el caso de la Roma de Cicerón, encontramos pues las tres formas clásicas de gobierno como partes integrantes de nuestro gobierno. La cuestión real en ese punto es si hay equilibrio entre ellas y en qué proporción cada una de estas formas participa en el gobierno de la nación. Esto es más difícil de responder, pero no diría yo que la democracia sea la dominante. Para mi la aristocracia de los partidos tiene el mayor papel en el gobierno de la nación.

Claro que ese es el análisis que haríamos si viviéramos en el siglo primero antes de Cristo. Ahora no tenemos tiempo para analizar. Pero a pesar de ello, sabemos que en el grito: “no nos representan” hay ciertamente una realidad y es algo que no podemos ignorar. Nos incumbe a todos.

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