La inocencia de los niños

CARTA DESDE MADRID

Benjamín A. Carreras

Uno de los procesos más interesantes  que tiene lugar en el cerebro es la de asociación imágenes que tenemos archivadas de hace tiempo con lo que esta sucediendo en un momento dado. Parece como si alguien tuviera control de lo que estamos pensado y nos suministra esas imágenes. Ya comenté hace unos meses el libro de David Eagleman que resumía la situación diciendo “hay alguien en mi cerebro que no soy yo”. A veces leyendo un libro o un artículo, aparecen esas imágenes que nos causan un dialogo interno que lleva a muchas posibles interpretaciones y del que nosotros somos meramente observadores.

"Dejad que los niños se acerquen a mí". Cuadro de Van Dyck

El otro día tuve una experiencia de este tipo leyendo una noticia en el periódico. El titular de la noticia era: un cura no permite a una niña con discapacidad tomar la comunión. Solo al leer el titular una imagen saltó inmediatamente en mi mente. La imagen era de los evangelios. Según cuenta Marcos, los discípulos de Jesús están reprendiendo a unas personas que traían unos niños para que Jesús les impusiera las manos. Jesús inmediatamente dijo:”Dejad que los niños se acerquen a mi: no se lo impidáis; de los que son como ellos es el reino de Dios, el que no acepte el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”.

La escena es poderosa. La tenemos en los tres evangelios sinópticos con solo ligeras variaciones de uno a otro. En ninguno de ellos hay indicación de que se debiera excluir ningún niño. Jesús los recibe a todos.

Seguí leyendo la noticia. Después de dar algunos detalles de lo que pasó y de unas protestas de los vecinos del pueblo por este hecho, la noticia seguía: El Obispado de Orihuela-Alicante ha asegurado este viernes que la decisión del párroco que no permite que una niña con una discapacidad severa realice la catequesis y haga la comunión, “no es una manía” del sacerdote sino que “responde a la normativa de la Iglesia”, que requiere que los niños comprendan el sentido de este sacramento, según han informado fuentes de la Diócesis.

Otra imagen saltó en mi cerebro.  Era el siglo IV, en una playa del norte de África. Allí paseando por la playa estaba Agustín obispo de Hippo meditado sobre el misterio de la Trinidad. En la arena, un niño que había hecho un hoyo y con una concha llenaba el agujero con agua de mar. El niño iba hasta la orilla, llenaba la concha con agua de mar y la depositaba en el hoyo. Agustín le preguntó al niño que hacía, y el pequeño le contestó que intentaba vaciar toda el agua del mar en el hoyo. Agustín se ríe y le dice que es imposible, a lo que el niño responde que más difícil aun es descifrar el misterio de la Trinidad.

Entonces me pregunté, ¿será más difícil el misterio de la Trinidad que el misterio de la transubstanciación?  No creo que lo sea. La dificultad es similar. Entonces, ¿no es igualmente imposible entenderlo para una persona inteligente que para alguien que tiene limitaciones intelectuales?  El problema que tenía el niño para poner toda el agua del mar en el hoyo no era el tamaño del hoyo, era la inmensidad del mar.

Había acabado leer. Ahora las imágenes cambiaron, veía a una niña triste que sin saber que es distinta a los demás se sentía distinta y dolida. En la lejanía una voz decía:”Porque tuve hambre y no me diste de comer,  porque fui discapacitado y no intentaste comprenderme,…”

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