Vidas que crecen lejos de su país

CARTA DESDE MADRID

Benjamín A. Carreras

La crisis presente y su nefasta gestión por parte de los políticos está destrozando la vida de muchas personas y muchas familias. Es difícil simplemente contemplar lo que está pasando a nuestro alrededor. Menos mal que en este negro cuadro hay rasgos esperanzadores como el ver la solidaridad que ha despertado entre la población. Otro aspecto interesante es el ver la reacción de algunas personas a esta situación.

Para muchos, es poco lo que pueden hacer. Están encerrados en unas vidas que de no ser por la crisis y sus consecuencias hubieran podido ser mucho mejores y ahora no tienen salida. La situación en que viven no les permite encontrar formas de cambio. Sin embargo para otros, los más jóvenes especialmente, el cambio es posible.

Una forma de cambio es emigrar. Ya lo veo en bastantes jóvenes de mi entorno académico que poco a poco van desapareciendo de aquí y situándose en otros países. Conozco muy bien ese proceso, ya lo pasé yo y tenía la esperanza que eso no pasaría de nuevo, pero aquí está.
Para quien emigra, la emigración puede tener momentos muy difíciles pero globalmente no es una mala experiencia. Todo lo contrario. La motivación para hacerlo puede ser variada, pero hay algo en común en todos los emigrantes: el querer construirse su propia vida. Esto suele llevar consigo también el mayor motivo de satisfacción, el haberlo conseguido.

La parte peor de la emigración es para el país que pierde a esos jóvenes. Se acostumbraba a hablar de “fuga de cerebros”. Yo no creo que lo más importante de quien se marcha sea su cerebro. Como decía antes , la característica del emigrante es ese querer montar su propia vida, ese espíritu de empresa, eso es lo que realmente pierde el país.

Sí, realmente se pierde, ya que una vez el que emigra se ha establecido no vuelve al país. Ya está atrapado en la vida que uno se ha construido. No es movilidad exterior, es integrarse en otro país.

Además de la crisis, está la incapacidad o la mala voluntad de muchas instituciones a retener o rescatar a los jóvenes más valiosos para el futuro. Estos últimos días hemos tenido dos ejemplos de ello, el de Diego Martínez Santos, que recibió este año el premio de joven investigador del EPS, y el de Nuria Martí, que forma parte del equipo de clonación de células madre. No hace falta que cuente sus historias aquí, han estado en la prensa nacional. Es triste contemplar el potencial que pierde el país sin que nadie se sienta responsable de ello.

No todos los jóvenes con capacidad de empresa se marchan del país. Hay también los que se quedan y luchan para salir adelante. Últimamente he tenido algunas experiencias que me lo confirman.

En mis viajes siempre voy a la búsqueda de postales para mandar a mis nietos, postales que tengan un toque original y distinto. Aquí en el centro de Madrid te encuentras con tiendas vendiendo postales cada dos pasos, pero todas tienen las mismas postales estandarizadas de la ciudad. No hay ni una gota de originalidad. Pero el otro día, paseando por la calle Arenal me encontré un par de jóvenes vendiendo postales diseñadas por ellos mismos. Todo un cambio.

Al comprar las postales que quería, uno de ellos, Rocío Díaz Limón, me dio su tarjeta con la dirección de su página web. Fue una experiencia interesante el visitar su página. Rocío combina su creatividad artística con su espíritu de empresa. Sus ilustraciones me encantaron, su estilo me recordaba el romanticismo de los pre-raphaelitas con un toque de novela negra. Aquí incluyo un ejemplo de sus diseños, Ofelia.

Si me dedicara a escribir poesía en vez de cosas sobre plasmas y sistemas complejos, creo que habría encontrado en Rocío la ilustradora perfecta para el libro. Pero de momento seguiré escribiendo mis bodrios, a lo mejor de viejo cambio y sí me dedico a la poesía.

En este país y a pesar de la crisis hay un tremendo potencial en esos jóvenes. Confío y espero que serán capaces de seguir adelante a pesar de las circunstancias. La crisis pasará en algún momento, lo que no se si pasará es la mediocridad de quienes gobiernan el país y sus instituciones, que son incapaces de aprovechar este potencial.

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