El mundo, encogido

Carta desde Oak Ridge

Benjamín Carreras

De nuevo en Madrid, otra vez instalado en el mismo apartamento, yendo a los restaurantes de siempre y trabajando con mis colegas de años. No parece que haya estado alejado un par de meses. Todo sigue igual, pero mi cuerpo sí nota el cambio de horario. Son seis horas de diferencia y me cuesta adaptarme.

A mi personalmente nunca me ha gustado viajar. Ya de niño recuerdo lo poco que me gustaban los viajes en la Isla. A aquellas excursiones no las podemos llamar viajes ahora, pero entonces para mi lo eran.

Acostumbraba a ir con los abuelos a pasar el día al predio de San Vicent, para nosotros Son Rotger. Íbamos a coger el coche de caballos de ca’n Doga al comienzo de la carretera de Sant Climent. Era el coche de línea diario con Sant Climent. Hacía un viaje por la mañana y otro por la tarde. Los seis kilómetros de viaje se hacían en unos  tres cuartos de hora. Luego, desde Sant Climent, eran seis kilómetros más andando. Era un largo paseo, la parte peor la subida por la cuesta de S’Alzina, cuesta que me parecía muy empinada. Finalmente llegábamos a Ses Bolles Blanques, la entrada de Turralbenc Nou, desde allí ya se veían las casas de Son Rotger, ya estábamos casi al final del paseo. Total unas dos horas de ida y otras dos de vuelta.

Un día a la semana había otro coche de caballos que salía de Mahón por la mañana, el coche de ca’n Berruga, y en este caso nos dejaba en Bini Calaf. Esto acortaba el paseo a pie en unos tres kilómetros, lo que se agradecía. La vuelta era siempre con el coche de’n Doga desde Sant Climent.

Esos doce kilómetros los hacíamos cada año al principio y final del verano ya que pasábamos el verano en Son Rotger. En estos casos alquilábamos un coche de caballos de  ca’n Doga y se hacía todo el camino en coche. Los doce kilómetros en algo más de una hora. Siempre cargados hasta los topes. En Son Rotger no había ni tiendas, ni teléfono, ni luz eléctrica. Había que estar preparado para lo que pudiera pasar en aquellos meses. Claro que de cuando en cuando íbamos a Sant Climent de compras y a desayunar de chocolate y ensaimada en el Casino.

¡Qué lejos parecía estar todo! No digamos el ir a Ciutadella. A lo más íbamos una vez al año en el coche de línea que tardaba muchísimo o al menos me lo parecía, no tenía yo iPad en aquellos días para entretenerme. Las veces que íbamos, nos quedábamos a dormir, en el hotel Alfonso III,  para no sufrir el viaje de vuelta el mismo día.

Parece ahora muy decimonónico lo de ir en coche de caballos y realmente lo era. Fue la consecuencia de la guerra civil, en la posguerra la Isla y posiblemente el resto de España fue empujada de nuevo al siglo diecinueve, no solo económicamente sino social y culturalmente.

Más complicados eran los viajes fuera de la isla. Los viajes a Barcelona me hacían polvo. Toda una larga noche en el barco, sin saber nunca de seguro a qué hora llegábamos, Si había mal tiempo se pasaba fatal. Recuerdo mi primer viaje, cuando tenía yo dos años fui con mi abuelo Avelino. Lo que más me molestaba era el pitido del barco, hice dar vueltas a mi pobre abuelo por el barco en busca de un lugar que se oyera menos el pito.

Han pasado muchos años de todo eso, ahora mis viajes son otros. Por mi trabajo los viajes habituales suelen ser a Madrid, Fairbanks en Alaska, y Hawai. Desde mi casa la distancia a estos tres destinos varia entre cinco y siete mil kilómetros más o menos, y los viajes duran entre 18 y 26 horas, eso si hay suerte. De hecho, la duración de estos viajes es comparable con la de mis viajes a Barcelona de niño y son igualmente cansados. Si es de Madrid a Barcelona, el tiempo del viaje viene a ser como el de ir a Son Rotger en mi infancia. Claro que no uso ahora el coche de caballos.

Los años han pasado, pero para mi los viajes siguen siendo incómodos. Paso casi el mismo tiempo por viaje, lo único que ha cambiado es a dónde llego. Eso ¿por qué será? La única explicación que encuentro es que el mundo se ha encogido.

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